Nueva carrera en el horizonte

En tierra sin un centavo, sin trabajo y ni una nave para unirse.

En 1972, la industria del transporte marítimo internacional se encontraba en una situación de inactividad que ya duraba mucho tiempo. Las perspectivas de conseguir un trabajo en el mercado canadiense de buques se encontraban en su punto más bajo. Todos mis patrones extranjeros anteriores habían quebrado y el gobierno canadiense no estaba contratando nuevos oficiales de radio. Escribí cartas a posibles empleadores, envié copias de mi CV y telefoneé  a varias compañías sin éxito. Al menos, mi esposa trabajaba como técnica especialista en el centro telefónico regional, así que no nos estábamos muriendo de hambre. Pero vivir en un apartamento en el sótano de un apartamento no era exactamente demasiado excitante comparado con haber estado siempre en alguna parte del globo en un barco de gran tonelaje en alta mar, para descargar o cargar trigo, hierro, etc. En el pasado, Dios siempre ha estado ahí, ¡No te desesperes! -me decía a mí mismo. Tal vez él tenía razón, ¿existiría esa olla de oro al final de cada arco iris?

Una mañana a mediados de abril de 1972, estaba bebiendo mi segunda taza de café mientras leía el diario semanal de la aldea, cuando me di cuenta de algo particularmente inusual. El gobierno federal, el mismo empleador que me había dicho que no necesitaban operadores de radio en su rompehielos, estaba contratando operadores de radio bilingües para el servicio aéreo. Ahora, ¿tal vez sería esa mi olla de oro? Bueno, quizás no. En 1966, me contrataron el mismo día que terminé mi formación en el instituto marino en comunicaciones por radio. Dos meses más tarde, me fue despedidio porque había fracasado miserablemente su Curso Meteorológico Básico Acelerado. Después de un fiasco así, las perspectivas de volver a ser contratado por el mismo empleador para el mismo curso que había sido despedido unos 6 años antes, no eran demasiado alentadoras. Sin embargo, había algunas cosas a mi favor.

Tal vez recuerden un texto anterior que finalmente había aprobado todos los exámenes para el Certificado Canadiense de Comunicaciones por Radio de Primera Clase. Dado que solo se habían emitido once certificados de esa clase en Canadá, yo estaba en una categoría algo especial. Además, la entrevista fue realizada por el gerente regional del aeropuerto con quien me había reunido varias veces durante los años anteriores. Unos días más tarde, recibí un telegrama informándome que me presentara en el centro de entrenamiento de los Servicios Aéreos en Ottawa, Canadá. Mi última duda era saber si mi esposa estaría dispuesta a vivir en lugares aislados por encima del Círculo Polar Ártico durante los largos y oscuros inviernos, con carreteras que no iban a ninguna parte. ¿Su respuesta? ¡Vamos!

Un trabajo te da dinero; una carrera te da seguridad.

Al estar casado, no había lugar para el fracaso. Centré mis prioridades en acabar al curso acelerado de 8 meses, pasando todas las pruebas y exámenes mientras obtenía las notas más altos. Gracias a la administración de la escuela, pude encontrar un alojamiento barato, compartiendo una habitación con un especialista en comunicaciones de la marina en el mismo curso. Lamentablemente, aunque se le daba bien en el código Morse y sus procedimientos, fracasó en meteorología y fue despedido dos meses después, exactamente lo que yo había experimentado 6 años antes. Pero he aprendido que si quería algo, tenía que luchar por ello, pero no luchar como lo había hecho navegando a bordo de buques bajo bandera extranjera.

La pequeña escuela estaba situada en un entorno urbano muy tranquilo de Ottawa. Los profesores que eran profesionales con mucha experiencia en sus respectivos campos, eran todos, por desgracia, monolingües en inglés, y no se molestaban en enseñar para los francófonos. El resultado fue que la moral de la clase cayó y también lo hicieron los resultados de nuestras pruebas. Nuestro delegado de clase, un ex oficial de comunicaciones militares, no fue capaz de mediar las diferencias culturales divergentes y se marchó frustrado por la situación. La verdad era que nadie quería el trabajo. Alguien tenía que reconciliar esas diferencias culturales o todos fracasaríamos. Con un poco de diplomacia, carisma y mucha charla, pude suavizar las diferencias y como resultado, todos los estudiantes que habían aplicado pasaron los exámenes finales meteorológicos. Pero eso no fue el final. Todos los viernes durante los 6 meses siguientes, teníamos que hacer observaciones meteorológicas regulares y especiales cada hora, compilando y transmitiendo los datos como si estuviéramos trabajando en alguna estación meteorológica distante y aislada.

Una vez que aabía manejo los aspectos básicos, estaba seguro que podría  con el resto. Mi esposa renunció a su puesto en la compañía telefónica y se unió a mí en un pequeño apartamento. Fue allí donde estudié todas las noches y la mayoría de los fines de semana. Aprender los reglamentos, procedimientos y responsabilidades de la marina y la aviación, aunque eran materias difíciles, era totalmente lógicas. Debido a mi entrenamiento y experiencia anterior, estaba exento de seguir con las clases de código Morse y escritura, dándome más tiempo para estudiar en el trabajo.

Habiendo pasado por los exámenes finales de diciembre, fui asignado a Great Whale River, un puesto aislado al norte de la Bahía de Hudson, donde no había alojamiento para los cónyuges. Poco después, alguien en la administración se dio cuenta que estaba casado y cambió mi futuro destino a Rivière-du-Loup, un pueblo a unos 150 kilómetros al oeste de mi aldea natal. Aparte de comunicarnos con los guardianes de los faros todos los días, hicimos observaciones meteorológicas cada hora, enviando los resultados a la oficina meteorológica central. Sin embargo, no me quejaba. A pesar de tener un jefe que no era muy listo, el trabjo era fácil y bien remunerado.

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